La semana pasada, varios medios informativos publicaron una curiosa nota neoyorkina: Se aceptan Euros.
La recordé esta mañana, cuando vi el dólar a la 10.60 a la compra. Caray, pensé, el dólar ha perdido 40 centavos frente al peso, en el último mes. 40 centavos. Ni me dolió, ni me alegro. Resulta ser que no soy de los tijuanenses que tienen su cuentita de banco en San Diego. No tengo una tarjeta de crédito de la JCPenney. No compro mi mandado en Vons. No me caigo en la falacia de "la gasolina gringa dura más". Trabajo en México y me gustar gastar aquí mis pesos. Que claro, mentiría si dijera que no voy a EEUU. Para nada. Simplemente, no hago mi vida alrededor del dólar, y eso me ha liberado de las preocupaciones de la fluctuación de la moneda.
Por lo visto, los comerciantes de New York sienten también la caída del dólar. La afluencia del turismo europeo ha ido en aumento poco a poco. Por menos de €150 se puede viajar ida y vuelta de Londres a New York. Barato ¿verdad? Al menos para los ingleses si.
EEUU se convierte, de a poco, en un país "barato" para visitar. La Unión Europea, se veía venir, se convierte en una potencia económica estable, que le permite mantenerse firme ante las fluctuaciones monetarias del dólar. Los mercados que depende demasiado de la economía del norte, como México, podrían verse afectado por estas caídas pero, curiosamente, no.
Las únicas quejas que he escuchado últimamente, es la de algunas amistades que trabajan en EEUU y, recientemente, han perdido poder adquisitivo versus el peso. Cosa curiosa, pienso yo: ahora yo le gano poder adquisitivo al dólar.
El precio del petróleo, de la mano de la guerra. La inestabilidad política del país vecino. Las infantiles amenazas de Chávez. El jesúsenlaboca de las elecciones próximas. En un país donde el dinero no se fundamenta en el oro, sino en la confianza mundial y social, la moneda se vuelve más volátil.
Tal vez es momento que la riqueza vuelva a medirse en metales preciosos, y no en promesas vacías.
Los dejo, voy al guol mart.
Marvin Durán