Hoy ando reflexivo.
La semana pasada se aprobó plenamente (¿por eso a los curules le llamaran "el pleno"?) la llamada Ley Antitabaco que, entre otras cosas, obliga la separación, por medio de barreras físicas, las áreas de fumar y no fumar; también, en establecimientos infantiles, queda terminantemente prohibido el tabaco.
¿Bueno o malo? Yo no fumo. Me agrada la idea de ir a un bar y no salir apestando a cigarro. Me fascina la idea. Me tiene sonriendo el asunto. No dudo que quienes no fumamos creemos que esta nueva ley es un inicio de justicia ciudadana, que desde hace muchos años nos debe el gobierno. ¿Pero qué sucede con quienes fuman? Por allí empecé a escuchar alegatos de discriminación y segregación. ¿Será cierto?
Hasta donde sé, a un fumador no se le impedirá la entrada a los lugares de consumo. Se les prohibirá fumar en ellas, salvo en el área designada para tal efecto. Luego entonces, ¿dónde queda la incomodidad? ¿Estamos separando a las familias cuando van a los mariscos? Bueno, más bien creo que las familias, y los grupos de amigos, tendrán que tomar una decisión complicada: ¿nos sentamos todos con el que fuma? o ¿el que fuma se aguanta un ratito y se sienta con los que no fuman?
Otras preguntas que se me ocurren: ¿quién tiene más derecho: el fumador o el que no fuma? Pues ninguno. Recordé a Benito Juárez: el respeto al derecho AJENO es la paz. Me pasa seguido con un vecino: él tiene derecho a escuchar música dentro de su casa. Pero no tiene derecho a que YO la escuche. O sea, que le baje al volumen. Acá la cosa es la misma ¿cierto? El fumador tiene TODO el derecho de fumar, mientras no me agobie con su humo. Allí, creo yo, está el meollo del asunto. La pregunta NO es dónde empiezan mis derechos, sino dónde TERMINAN. Y pues, caray, mis derechos terminan donde comienzan los tuyos.
Aplaudo la ley anti tabaco. Cigarros se seguirán vendiendo, fumadores (y el subsecuente cáncer) seguirá habiendo. Pero yo no quiero su humo, ni su cáncer.