Hace poco, una regia me cuestionó el artículo pasado sobre Monterrey. No reconoció a la ciudad que yo describí.
Me asaltó de agresivo el comentario, realmente. Porque, francamente, me cayó de mal gusto. Es curioso como dos personas pueden tener una opinión tan dispar de un mismo tema. "El metro no lleva a nadie a ningún lado, pregúntale a cualquiera", parafraseando lo que me espetaron. Caramba, pensé, yo recuerdo ver a tantísima gente en ese metro. Tal vez el tren no la lleva a ella, hacia donde quiere ir. No lo sé. Yo sigo maravillado de la urbe regia y mire usted: comentarios similares me han atacado de habitantes del DF. Amo la capital del país tanto como amo a Tijuana. Y difiero mucho de las opiniones que propios y extraños tienen de la misma, de ambas. Noto, por ejemplo, que muchas personas sólo viven en una ciudad, sumergidos en el diario trajinar y rara vez tienen la oportunidad de admirar las bondades; ven, simplemente, lo malo. Ven el tráfico, el ruido, tanta gente. Viven cansados de lo cotidiano, y en su día libre no quieren disfrutar más de la ciudad. No quieren salir ni pasear. No quieren ver más que la tranquilidad de la casa, o de alguna ciudad remota.
Las grandes urbes mexicanas ofrecen tantas delicias como cualquier capital norteamerigringa. Y mucho más. Pero hemos dejado de verlo. No sé por qué, la verdad, ni me quiero atreve a teorizar al respecto. Sólo digo que a veces bien vale la pena ver el mundo, nuestra ciudad, con ojos de niño, con ojos de turista. Hay que buscarle la novedad a lo que ya tenemos. Los bajacalifornianos, por ejemplo, pecamos de malinchistas. Lo bueno está en San Diego, tristemente. Y no creo que deba ser así el asunto.
¿Dónde está el Monterrey que yo vi? Aquí mira, muy cerca de mi corazón.