Cada vez es más frecuente encontrar, sea en las calles o en sus propias casas, a madres y padres que ofrecen a sus hijos una cantidad impresionante de comida chatarra, tal como si fuera verdadero alimento.
¿Alguna vez te haz preguntado qué es lo que realmente comen tus hijos? Si vamos desde los supuestos chocolates solubles “fortificados” o los panecillos bañados de chocolate y rellenos de mermelada supuestamente “vitaminados y adicionados con minerales”, encontramos que en realidad lo que están comiendo nuestros hijos son cantidades enormes de azucares y harinas refinadas que en nada nutren a nuestro niños y adolescentes, y al contrario les hacen adictos a estas nocivas sustancias. Y aun más, las supuestas vitaminas y minerales que contienen, son en cantidades muchísimo menores de las que encontrarán en un plátano o una manzana, que sin lugar a dudas les nutrirá y gustará mucho más.
Ahora en este regreso a clases, debemos como padres, pensar un poco más en lo que enviamos de almuerzo a nuestros hijos. ¿Usted le regalaría a su hijo un vale por una diabetes juvenil? ¿O lo premiaría con una garantía de padecimientos cardiacos y renales? Pues precisamente es a eso es a donde dirige a sus hijos cada vez que le ofrece o compra un pan de esos azucarados, una soda o su leche endulzada con supuesto chocolate.
El amor a nuestros hijos debe manifestarse tanto en nuestras palabras como en nuestros actos, y la alimentación es uno de los principales medios para decirles y darles un futuro lleno de salud, pieza fundamental de la felicidad. Siempre será un millón de veces mejor una buena ensalada de frutas o un licuado de frutas, a un postre repleto de azucares y harinas refinadas.
Ámalos y nútrelos.